El ciruelo de la casa, que data de por ahí de 1990, está dando cada dos años la más exquisita y perfumada variedad de esos frutos que mi paladar haya probado. Y en esta precisa semana sus ramas rozan el suelo cargadas de esas soberbias pulpas purpúreas. El proyecto es éste:
Si no hay shochu, pues vodka… si no hay rock sugar, yo creo que piloncillo. Yom.
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